Felipe Guerrero Bojórquez
CLAUDIA DECRETA QUE AMLO NO ES CORRUPTO
Llegaron para dividir, no para unir. Llegaron a sembrar odio entre los mexicanos a nombre de los pobres, y a transgredir la Constitución según lo que piensan y creen ser. Se asumen jueces morales de la Nación: deciden, exentan, juzgan y acusan desde una supuesta superioridad ética que la realidad desmiente todos los días.
La señora presidenta viola su propia responsabilidad constitucional cuando escribe, en su reciente libro, que “nunca podrán vincular a AMLO con corrupción”. No habla una ciudadana: habla la máxima autoridad del país, que por mandato debe mantenerse al margen de culpar o exonerar a cualquier mexicano. Pero no. A la presidenta no le importa violentar su investidura. Se convierte en defensora de los suyos y en enjuiciadora de los otros, hablando siempre a nombre de esa abstracción que llama el pueblo.
Para ella, López Obrador es una blanca palomita. Pero millones de mexicanos vieron atónitos las atrocidades de una política pública que, solo en materia de seguridad, multiplicó la violencia y tejió vínculos comprobables con el crimen organizado.
Ni hablar de la ruina criminal del sistema de salud, del educativo, y de la infraestructura básica del país.
Ahí están las mega obras opacas, los elefantes blancos que costaron miles de millones; las 199 mil 973 ejecuciones durante su sexenio; los más de 800 mil muertos por COVID, víctimas de políticas erráticas y de una propaganda delirante que despreció la ciencia con el tristemente célebre “detente” como escudo divino. “Detente”, decía un extasiado AMLO al tiempo que enseñaba, como enfrentando al diabólico virus, un escapulario del Sagrado Corazón de Jesús. Como diría la raza del barrio: “Qué loco, el bato”.
¿Y la mega farmacia de los cinco mil millones esfumados?
¿Y el fraude de SEGALMEX, con más de 15 mil millones de pesos desaparecidos bajo la sombra protectora del régimen?
¿Y el huachicol fiscal, esa maquinaria monumental de corrupción que involucró al propio entorno presidencial y dañó al erario por 600 mil millones de pesos, el golpe más brutal en la historia moderna del país?
Pero para Claudia Sheinbaum no hay duda: su maestro es inocente. Ella ya dictó sentencia.
En su mundo, la justicia se decreta desde el púlpito y la Constitución es un accesorio.
Decide quién es culpable y quién no, quién merece el perdón y quién el escarnio.
Y así, en nombre de su devoción, trasgrede su investidura presidencial, reduce la ley a una opinión personal y convierte al país en un tribunal sin jueces ni leyes.
¿Sabe algo, presidenta?
En México todavía hay millones que no confunden lealtad con justicia.














